El día que los trotskistas intentaron desestabilizar el socialismo cubano
- chaksaastal
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Por Neftalí Grajales
A lo largo de la historia del movimiento comunista y las revoluciones proletarias, el trotskismo ha desempeñado un papel recurrente marcado por la división, la infiltración y la desarticulación de procesos políticos que buscan transformar las condiciones materiales de la sociedad. Lejos de consolidar fuerzas, su práctica ha consistido en introducirse en organizaciones revolucionarias mediante el entrismo, disputar su dirección y, sobre todo, escindir a sus elementos más avanzados. Este mecanismo responde a una lógica política que termina por debilitar a los movimientos populares y retrasar el desarrollo de los procesos revolucionarios.
El entrismo trotskista ha operado como una forma de intervención que no construye poder obrero, sino que lo fragmenta. Bajo el discurso de una supuesta pureza ideológica, estas corrientes han promovido polémicas internas, han erosionado liderazgos y han sembrado desconfianza en momentos clave. El resultado histórico ha sido reiterativo, procesos debilitados, cuadros dispersos y luchas desviadas de su objetivo central.
Un ejemplo claro de esta práctica se expresó en el contexto de la Revolución Cubana durante la década de 1960. En un momento en que el proceso socialista avanzaba en condiciones de asedio imperialista, comenzaron a circular versiones desde el exterior que buscaban cuestionar su cohesión interna y la legitimidad de su dirección. Uno de los casos más notorios fue el del semanario uruguayo Marcha, donde el trotskista Adolfo Gilly difundió la versión de que Ernesto Che Guevara había abandonado Cuba debido a profundas discrepancias con Fidel Castro, particularmente en relación con el conflicto chino-soviético. Según estas afirmaciones, el Che habría sido derrotado políticamente dentro de la dirección revolucionaria y apartado de la toma de decisiones.
Estas versiones no solo carecían de sustento, sino que respondían a una operación política concreta, construir la idea de una revolución fracturada, presentar a sus principales dirigentes en conflicto, construir la idea de que la revolución estaba dirigida desde afuera y, con ello, debilitar la confianza de los pueblos en uno de los procesos más avanzados de la época.
Fidel Castro respondió de manera directa y sin ambigüedades en su discurso del 15 de enero de 1966, en el marco de la Conferencia Tricontinental. Allí denunció estas maniobras y caracterizó con precisión el papel del trotskismo, al señalar que se trataba de “un vulgar instrumento del imperialismo y de la reacción”. La afirmación no era retórica, sino una lectura política basada en hechos concretos, publicaciones, nombres y campañas que buscaban desestabilizar la revolución socialista en Cuba.
La difusión de rumores sobre el Che, las interpretaciones interesadas sobre la política internacional de Cuba y los intentos por presentar divisiones internas formaban parte de una estrategia más amplia. No era un debate teórico, era una intervención política orientada a debilitar un proceso revolucionario en un momento de alta confrontación global.
El caso cubano no fue una excepción, sino una expresión particular de una práctica más general. Allí donde los pueblos han intentado avanzar en la construcción de alternativas al capitalismo, han surgido también corrientes que, bajo una apariencia radical, terminan operando como factores de desorganización. La experiencia histórica demuestra que la unidad no es un dato dado, sino una construcción política que debe defenderse activamente. Y también demuestra que no toda crítica fortalece, hay críticas que fragmentan, desvían y, en última instancia, sirven a intereses ajenos a los de la clase trabajadora.
Lo ocurrido en Cuba en los años sesenta ilustra con claridad este punto. En medio de una revolución asediada, las campañas de desinformación no fueron inocuas. Fueron parte de una ofensiva política. Y frente a ella, la respuesta fue firme, basada en la claridad de que la lucha revolucionaria exige no solo enfrentar al enemigo declarado, sino también identificar y neutralizar aquellas prácticas que, en los hechos, contribuyen a su causa. El debate teórico ideológico es necesario para desenmascarar a quienes con palabras son "revolucionarios" pero en la práctica son, intencionalmente o no, un vulgar instrumento de la reacción.









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