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La niñez mexicana entre la violencia y el abandono del cuidado

  • Foto del escritor: chaksaastal
    chaksaastal
  • 27 abr
  • 3 Min. de lectura

Por Neftalí Ricardo



En México, la violencia contra niñas, niños y adolescentes se concentra en los espacios donde transcurre su vida cotidiana. Tan solo en 2024 se registraron 10,613 atenciones hospitalarias por violencia sexual contra personas de 1 a 17 años. De ese total, 92.8% correspondió a niñas y adolescentes mujeres. El 19.7% señaló como agresor a una persona conocida sin parentesco, 14.7% a otros parientes y 11.1% al padre o padrastro. Entre los niños y adolescentes hombres, 23.3% identificó a conocidos sin parentesco, 27.1% a otros parientes y 10.1% al padre o padrastro. La mayor parte de estas agresiones ocurrió en viviendas. No se trata, entonces, de un peligro que venga principalmente de fuera, sino de una violencia que se abre paso en el entorno inmediato, allí donde la infancia depende de familiares, vecinos y personas cercanas para su cuidado diario.


Esa realidad no puede separarse de las condiciones materiales en que millones de familias trabajadoras sostienen su existencia. En 2022 vivían en México 36.3 millones de niñas, niños y adolescentes, y 10.5 millones tenían menos de 6 años. De estos últimos, 97.5% requería cuidados. Sin embargo, la principal persona cuidadora fue la madre en 83.2% de los casos y la abuela en 6.7%, mientras 11 de cada 100 menores de 18 años que requirieron cuidados se quedaron solos en casa en algún momento del día. Esto deja ver que la protección de la infancia descansa casi por completo en hogares obligados a resolver el cuidado con poco tiempo, ingresos insuficientes y largas jornadas de trabajo. Así, la violencia en el hogar no puede explicarse como una simple costumbre o como una desviación moral de algún familiar sino como parte de una forma de vida en la que el cuidado ha sido arrojado a las familias trabajadoras sin las condiciones necesarias para garantizarlo.


La carga del cuidado recae principalmente sobre las mujeres. La Encuesta Nacional para el Sistema de Cuidados muestra que 86.9% de las personas cuidadoras principales son mujeres y que ellas dedican, en promedio, 37.9 horas semanales al cuidado, frente a 25.6 horas de los hombres. Esto significa que, mientras el capital absorbe el tiempo de madres y padres en centros de trabajo lejanos, salarios precarios y jornadas extensas, la reproducción cotidiana de la vida queda sostenida por mujeres agotadas y por redes familiares igualmente presionadas. Allí donde no existe tiempo suficiente para cuidar, acompañar y proteger, se abre paso una situación en la que la infancia queda expuesta a la soledad, la negligencia y también a la violencia.


A esto se suma la insuficiencia de guarderías. El IMSS reportó en septiembre de 2025 un total de 1,145 guarderías y 208,214 niñas y niños inscritos. Incluso tomando una capacidad cercana a 235 mil lugares, la cobertura sigue siendo mínima frente a los 10.5 millones de niñas y niños menores de 6 años que viven en el país. En otras palabras, el principal sistema formal de cuidado infantil atiende apenas a una fracción de la población que necesita ese servicio. La mayoría de las infancias queda fuera y depende del cuidado improvisado de familiares, vecinos o conocidos, precisamente el mismo entorno donde aparecen buena parte de las agresiones.


Lejos de ampliarse, esa red de cuidado se debilitó todavía más en 2019, cuando se cerraron las estancias infantiles como parte del cambio en la política federal hacia transferencias directas. Lo que desapareció no fue un apoyo secundario, sino una parte de los pocos espacios que permitían a muchas familias trabajadoras dejar a sus hijas e hijos en un lugar relativamente accesible mientras salían a vender su fuerza de trabajo. Así, el problema del cuidado fue devuelto de nuevo al hogar, como si cada familia pudiera resolver por sí sola lo que en realidad es una necesidad social.


Por eso, la violencia que golpea a la infancia y la falta de cuidados suficientes no son problemas separados. Forman parte de la misma realidad social. Mientras la vida se organice de modo que la clase trabajadora entregue casi todo su tiempo al trabajo asalariado y cargue en privado con la crianza y el cuidado, niñas y niños seguirán creciendo en medio de la desprotección. No basta con condenar la violencia en abstracto. Es necesario luchar por mejores condiciones de vida, por jornadas más cortas, salarios suficientes y una red amplia de guarderías accesibles y seguras.


Defender los derechos de la infancia exige una nueva forma de organizar la vida, una en la que cuidar no sea una carga abandonada a las familias, sino una responsabilidad social garantizada colectivamente.




 
 
 

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