Crónica de los niños que aprendieron a leer en mute
- Colaborador/a
- 27 jun
- 3 min de lectura
Por Jesús G Cardiel
Hoy se cierran los portones de hierro de las primarias y, con el chasquido de los candados, se clausura el primer gran capítulo de la generación más surrealista que haya habitado nuestro sistema educativo.
Son los desterrados del preescolar, los sobrevivientes de la orfandad de patio. Aquellos que un viernes cualquiera soltaron la crayola, dejaron a sus amiguitos del kínder en un recreo suspendido en el tiempo y se dijeron un “hasta el lunes” que, sin saberlo, era un “hasta nunca”.
Iniciaron la educación primaria en el exilio cibernético. No conocieron el olor a mochila nueva ni el eco de sus propios pasos corriendo hacia la cooperativa. Su primer día de clases fue una invasión. El internet tomó por asalto nuestras salas y comedores, y la escuela derribó las paredes para meterse sin pedir permiso. Nosotros, a su vez, invadimos la intimidad de las maestras y los maestros, viendo los cuadros de sus salas y los gatos cruzando frente a sus teclados.
Eran los días de la dictadura del wifi, cuando el patio escolar era un mito, una leyenda urbana que los niños aún no pisaban. En su lugar, la educación física se redujo a la tragicomedia matutina de heroicos profesores haciendo bailes, estiramientos y piruetas a las ocho de la mañana en un recuadro de cinco por cinco centímetros, mientras los niños intentaban seguirles el ritmo sin tropezar con la mesa del centro o patear al perro.
Fueron la generación que se rezagó en la “m con la a”. Aprendieron a leer y a escribir a través de un cristal frío, descifrando la fonética entre conexiones inestables y voces robóticas.
Y hoy, como si el tiempo fuera un burócrata con prisa por cerrar el expediente, se despiden. Dicen adiós al nivel escolar que los arropó con diminutivos, que los trató como niñas y niños, para ser empujados sin paracaídas al precipicio del primer grado de secundaria, donde los recibe el temible y solemne “A ver, jovencitos, aquí ya no es la primaria”.
Entran de golpe a un sistema que, de manera fríamente programada, los orilla a ser eficientes, organizados y productivos. Un sistema que ignora por completo el motín biológico que los habita. Les exigen atención absoluta mientras ellos no logran entender por qué tienen un sueño que les pesa en los párpados como cemento armado, por qué los tenis que se compraron hace dos meses hoy les aprietan los dedos con crueldad de tortura medieval o por qué, de pronto y sin previo aviso, sienten una atracción torpe e inexplicable por alguien de su salón. Pedimos puntualidad germánica a cuerpos que están demasiado ocupados estirándose cinco centímetros por la noche.
Hoy también dejan en las aulas a esos maestros de primaria, aquellos mártires de la paciencia que, sin haberlo pedido, terminaron graduándose con honores y doctorados en Google Meet, en Zoom y en el noble arte de repetir mil veces “Tienes el micrófono apagado”.
Y en el epicentro de esta marea de niños que sobrevivieron al apocalipsis de las pantallas está David, mi hijo menor. Hoy David termina la primaria, y su certificado no es solo un papel académico, porque también es digital. Es el mapa de una epopeya. Lo hace después de transitar por tres escuelas distintas, de empacar la vida en cajas y cambiar de código postal dos veces, cruzando más de mil kilómetros de distancia. David no solo sobrevivió al encierro. Sobrevivió a la mudanza constante del alma.
Y como si el destino quisiera compensarle el despojo de su graduación del kínder, hoy David cierra su ciclo como debe ser, con los tenis apretados, con la cabeza llena de dudas, pero reencontrándose en el abrazo de ese amigo Lorenzo que forjó justo el día en que el mundo decidió que, por fin, ya era seguro volver a salir al patio.









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