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Felipe Carrillo Puerto y la pedagogía física

  • Colaborador/a
  • 9 jun
  • 2 min de lectura

Por Jesús G Cardiel


Felipe Carrillo Puerto, quien de joven había convivido íntimamente con los mayas, aprendido su lengua e incluso sufrido el cautiverio en Chunpóm, tenía una comprensión antropológica profunda del pueblo yucateco. Al asumir la gubernatura de Yucatán, Carrillo Puerto diseñó una arquitectura política en la que el deporte y la cultura física fueran mecanismos primordiales para la integración social y la movilización ideológica de las masas.


Este gobierno socialista impulsó la creación de Ligas de resistencia en toda la península. Los documentos de la época son testigos que el gobierno requería forjar un movimiento apuntalado por "una educación física y moral que garantice y corone, al mismo tiempo, la obra de un programa puramente ilustrativo". La población, diezmada físicamente por el alcoholismo (promovido a propósito por los hacendados para mantener la deuda) y la sífilis, debía ser sanada. Desde el símbolo y su significado, en plazas públicas como Kanasín, se levantaron monumentos simbólicos y se estructuraron programas de salud orientados a generar un cuerpo social anticlerical, fuerte y solidario.


El instrumento de pedagogía física predilecto para esta transformación fue el béisbol. Aunque los orígenes del béisbol en Yucatán se remontan a finales del siglo XIX y principios del XX, con antecedentes como estudiantes mexicanos en Harvard y la naciente influencia comercial cubana y estadounidense, Carrillo Puerto resignificó el deporte sacándolo de la exclusividad de las élites. Convencido de su poder socializador, destinó vastos recursos públicos para dotar de bates, manoplas y pelotas a las comunidades mayas y haciendas apartadas de Mérida. En solo dos semanas en 1923, se fundaron decenas de equipos con nombres en maya. Se institucionalizó la construcción de parques deportivos para evitar la improvisación en terrenos baldíos, consolidando el derecho obrero al ocio digno.


Las dinámicas de estos juegos dominicales, donde los autobuses trasladaban a campesinos de Motul, Cansahcab, Dzidzantún y Temax a los estadios, permitían debates e intercambios en los trayectos y estos generaron un espacio intersubjetivo inédito. El béisbol exigía trabajo en equipo, disciplina, pensamiento estratégico y un esquema corporal expansivo. Dejó de ser un reflejo del imperialismo para operar dialécticamente como una escuela de organización y resistencia campesina frente al poder residual de los hacendados.


Con la caída del régimen socialista, el deporte profesional en la península, como la posterior y fracasada Liga Peninsular armada con novatos cubanos importados por el magnate Bobby Maduro, retornaría a esquemas de explotación comercial y descontento en las taquillas.



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