Campeche, protesta social y la persistencia de la represión
- Militante
- 12 mar
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Por: Redacción de Chak SÔastal.

Campeche ha sido, históricamente, un territorio donde la protesta enfrenta respuestas marcadas por la criminalización, la negación del diĆ”logo y el seƱalamiento pĆŗblico de quienes incomodan al gobierno. Esto no significa que el resto del paĆs estĆ© exento de esas prĆ”cticas. El Estado mexicano, en su conjunto, ha recurrido reiteradamente a mecanismos de contención violenta frente a sus adversarios. En Campeche estos episodios muestran una continuidad que obliga a analizarlos como parte del desarrollo polĆtico del propio Estado en la entidad.
Los acontecimientos posteriores a la marcha por el DĆa de la Mujer Trabajadora vuelven a colocar este problema en el centro del debate. Tras la movilización, el gobierno estatal anunció procesos penales contra manifestantes. En su programa de revista āEl Martes del Jaguarā, la gobernadora Laida Sansores informó que dos personas enfrentarĆ”n cargos por homicidio calificado en grado de tentativa, mientras que otras mujeres que realizaron pintas en edificios pĆŗblicos podrĆ”n seguir su proceso en libertad, sujetas al pago de daƱos. AdemĆ”s, advirtió que cualquier atraso en dichos pagos podrĆa derivar en su detención y mencionó que continĆŗan las investigaciones contra otras participantes que aĆŗn no han sido arrestadas.
La escena es polĆticamente significativa. La misma figura que debe su popularidad y su āfamaā de rebelde a la represión que sufrió en 1997 y que denunció espionaje, hoy encabeza un gobierno que activa la maquinaria punitiva contra una protesta social. El problema no es quiĆ©n ocupa el cargo, sino el modo en que el aparato estatal responde ante la movilización, pues mientras el Estado siga en manos de la burguesĆa, cualquiera de sus gestores tendrĆ” la misma respuesta represiva en contra de quienes se les opongan.
Hace aproximadamente dos aƱos, cuando un sector del cuerpo policiaco se amotinó contra la SecretarĆa de Seguridad PĆŗblica, trascendieron comunicados donde se seƱalaba que la policĆa realizaba labores de inteligencia contra personas y grupos crĆticos del gobierno. Se habló de infiltración en marchas mediante agentes vestidos de civil encargados de identificar a quienes debĆan ser detenidos en caso de recibir la orden. Aunque sabemos que esto es parte del quehacer de la policĆa, no puede ni debe ignorarse en el contexto actual.
El Estado concentra el monopolio de la violencia y lo ejerce a través de sus cuerpos armados, sus cÔrceles y su sistema judicial. Gobernado por una u otra administración, sigue siendo el instrumento mediante el cual se garantiza la dominación de clase.
No obstante, un anĆ”lisis serio tambiĆ©n exige autocrĆtica desde el campo de la movilización social. La represión puede operar con mayor facilidad cuando existe fragmentación organizativa y predominio de acciones espontĆ”neas sin coordinación estratĆ©gica. En Campeche existen grupos organizados, sin embargo actĆŗan con voluntades aisladas, sin una articulación real entre sĆ y, en ocasiones, sin siquiera conocerse mutuamente. En ese escenario, la infiltración resulta mĆ”s sencilla. Es completamente posible que agentes del propio Estado se presenten como parte de un grupo cuando no existe una organización unificada capaz de reconocer a sus integrantes y establecer mecanismos de confianza.
El espontaneĆsmo, ademĆ”s, limita la capacidad de respuesta. No solo debilita los mecanismos de seguridad que puede haber en una marcha, sino que le es complejo mantener a toda costa a salvo a nuestras compaƱeras y compaƱeros.
El anĆ”lisis posterior a las detenciones confirma esta debilidad. Cada persona arrestada tuvo que enfrentar su proceso de manera prĆ”cticamente individual. Fueron amistades cercanas y familiares quienes buscaron abogados o reunieron recursos para su liberación. No existió un respaldo polĆtico orgĆ”nico y coordinado que asumiera colectivamente la defensa. Esa dispersión no sólo debilitó la respuesta, sino que abrió espacio a acusaciones cruzadas entre distintos grupos y sembró desconfianza en la opinión pĆŗblica.
El efecto es evidente. Se instala el temor a participar en futuras movilizaciones. Desincentivar la organización y sembrar miedo forma parte del ejercicio del poder estatal y es la intención esencial de las detenciones.
La organización desde posiciones clasistas es una necesidad histórica. A medida que se agudizan las contradicciones de clase y aumenta la confrontación entre quienes viven de su trabajo y quienes viven del trabajo ajeno, la correlación de fuerzas exige mayores niveles de articulación, coordinación y claridad polĆtica. Sin unidad y dirección comĆŗn, la protesta se vuelve vulnerable. Con organización, la represión no se elimina, pero si encuentra mayores lĆmites.




